¿Se puede ser cristiano y no congregarse?

Una de las leyes para determinar la verdad es lo que se ha llamado la ley de la correspondencia. Esta nos muestra que debe haber una correlación entre lo que se dice y lo que se hace. En este sentido también es verdad cuando lo que decimos ser le corresponde un compromiso. Juan dijo: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Jn 2:). Todo debe encajar en todas sus partes.

Esta ley nos ayuda a responder a la pregunta que nos ocupa. Así que al aplicarla debemos encontrar que la vida piadosa de un creyente no puede dejar a un lado un elemento tan básico como congregarse. Por tanto, obviando el hecho elemental de que la Biblia exhorta a no dejar de congregarse, y que puede llegar a ser una costumbre (lo que no des-convierte al creyente), que pervierte su fe; ensayaré cuatro respuestas al planteamiento de si se puede ser cristiano y no congregarse y luego concluiré con una breve reflexión.

¿se puede ser cristiano y no congregarse?

Iglesia local

Primero, congregarse es vital porque es en el ambiente de una comunidad cristiana donde se recibe la enseñanza discipular (Mt 28). Nadie llega al Señor sabiéndolo todo y menos aún, siendo un experto en la “palabra de justicia” y la vida comprometida y piadosa.

Segundo, un creyente no debe dejar de congregarse por la necesidad elemental de recibir el estímulo “al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24) además de las correcciones que solo dentro de una comunidad

cristiana se obtienen (1 Co 5; 2 Tes 3:6-15; Heb 10:25). Es claro por estas citas que ningún creyente puede crecer normal y sanamente solo. La aprobación y aceptación de los hermanos en la fe permite un crecimiento espiritual integral.

Tercero, la vida en comunidad es la que el Señor ha diseñado para desarrollar un carácter maduro. ¿Cómo podría un creyente solitario poner en práctica la paciencia, el amor, el perdón y otras cualidades? Proverbios 27:17 nos enseña que la interacción es necesaria para crecer cualitativamente y esta no se puede suplantar con nada.

Y en cuarto lugar, los dones y ministerios solo se descubren y desarrollan dentro de una comunidad local. Es en la interacción funcional de un cuerpo que cada miembro colabora para el entrenamiento y crecimiento individual e integral del grupo. Además, es la iglesia la que confirma y apoya el ejercicio de los talentos, dones y ministerios.

En conclusión, no se puede afirmar categóricamente que una persona que no se congrega no es un creyente porque podría tratarse de un mal hábito. Sin embargo, es inconcebible que nunca se preocupe por corregirlo, eso genera dudas razonables. Pero en lo que sí se puede estar seguro es que el precio que pagará tal persona por no congregarse, será mucho más elevado por las pérdidas en crecimiento, comunión, aliento, corrección y logros que solo se alcanzan dentro de una sana vida en comunidad.

La ley de la correspondencia debe cumplirse, y a esta se une otra que hace el asunto más determinante: un creyente en Cristo no puede no ser creyente en Cristo. No puede contradecirse: ser un hijo de Dios y miembro de su Cuerpo forma parte de su identidad. Por tanto, no congregarse levanta una duda tan grande que es difícil no suponer que lo que tiene que ser, al final resulte que no es.